viernes, 27 de marzo de 2026

Gente Rara


Episodio 110: Gente Rara

Es una historia de Fernando Portolés, que compartió en su Facebook, sobre dos adolescentes solitarios que se reconocen en silencio antes de atreverse a hablarse. A partir de un gesto mínimo —sentarse uno al lado del otro en el patio— nace una amistad breve, delicada y muy profunda, marcada por la poesía, la observación del mundo y la sensación de estar un poco al margen de todo.
(No sigas leyendo... si no quieres Spoilers)

Lía Fonseca aparece como una figura casi lunar: reservada, extraña, luminosa y difícil de olvidar. Su presencia no se construye con grandes acciones, sino con detalles muy precisos —los ojos grises, las pecas, el cuaderno, la manera de apartarse el pelo— que la vuelven muy real y, al mismo tiempo, misteriosa.

El narrador también vive en esa periferia emocional. No es popular, no destaca, no encuentra su lugar en los juegos del patio, pero sí en la mirada interior, en la imaginación y en esa conexión rara y exacta con alguien que por fin lo llama por su nombre. Ese detalle convierte la relación en algo íntimo y casi fundacional.

La fuerza del relato está en lo que no se dice. No hay confesiones grandilocuentes ni despedidas largas; todo sucede con contención, y precisamente por eso duele más. La nota final, “Hay una cara de la luna que no se ve nunca. Gracias, Fernando”, abre un significado enorme: habla de lo oculto, de la parte invisible de las personas, de esa zona secreta que casi nadie llega a conocer.

También es una historia sobre la memoria. Han pasado más de cuarenta años, pero el recuerdo sigue vivo porque no quedó resuelto del todo. No sabemos exactamente qué quiso decir Lía, y esa incertidumbre es el corazón del texto: algunas personas pasan poco tiempo por nuestra vida y, sin embargo, la dejan resonando para siempre.


viernes, 13 de marzo de 2026

La resistencia

Episodio 109 La resistencia:

En 1956, el ingeniero eléctrico Wilson Greatbatch cometió un error que cambiaría la medicina para siempre. Mientras intentaba construir un oscilador para registrar ritmos cardíacos en la Universidad de Buffalo, instaló por descuido una resistencia de 1 megaohmio en lugar de una de 10 kiloohmios. Al encender el aparato, este no registró nada; en su lugar, comenzó a emitir un pulso eléctrico constante: un "blip" cada segundo.

Aquel error reproducía con precisión milimétrica el ritmo de un corazón humano. En una época donde los fallos eléctricos cardíacos eran una sentencia de muerte o condenaban a los pacientes a vivir atados a máquinas del tamaño de un televisor que daban descargas dolorosas, Greatbatch vio una oportunidad donde otros verían un fallo.

Decidido a miniaturizar su hallazgo para que pudiera vivir dentro del cuerpo, Greatbatch arriesgó todo:

Renunció a su empleo y usó sus ahorros de 2.000 dólares (su única red de seguridad).

Se encerró en un granero en Clarence, Nueva York, donde trabajó durante dos años combatiendo el frío con una estufa de leña.

Ignoró el escepticismo de la comunidad médica, que creía que el cuerpo humano (húmedo y salado) destruiría cualquier electrónica interna.

Tras años de pruebas con resinas y materiales para proteger el circuito, el 6 de junio de 1960 se realizó el primer implante exitoso en un paciente de 77 años. El dispositivo funcionó, permitiendo que el hombre volviera a caminar sin cables ni máquinas externas. Greatbatch no se detuvo ahí: años más tarde perfeccionó la batería de litio, permitiendo que estos dispositivos duraran décadas.

Hoy, lo que comenzó como un error de un ingeniero cansado en un banco de trabajo, se traduce en más de un millón de marcapasos implantados cada año en todo el mundo.

Fuente: Heart Rhythm Society ("Wilson Greatbatch")

Si te quedaste con ganas:



Aunque Nadie Escuche

En una noche lluviosa de 1977 , en un rincón olvidado de Deptford, al sur de Londres, nació una de las leyendas más fascinantes de la histor...